Un guion publicitario se relee muy bien en pantalla y se derrumba delante del micrófono. Siete segundos de más, una frase que ningún locutor puede decir de un solo aliento, un nombre de marca cuya pronunciación nadie ha validado. El texto era bueno. Sencillamente, no estaba escrito para ser dicho.
Cree que escribe un mensaje: escribe una duración
Un anuncio empieza por una restricción antes que por una idea. Quince, veinte, treinta o cuarenta y cinco segundos: el formato se compra antes de que exista la primera línea, y no se renegocia la víspera de la sesión. Toda su escritura transcurre dentro de esa caja.
En voz alta, los segundos se cuentan en palabras. Para desbastar, el orden de magnitud útil ronda las dos a dos palabras y media por segundo en un tono publicitario corriente, es decir, unas treinta palabras para diez segundos. Tome esa referencia por lo que es: una estimación de partida. Una lectura cálida y pausada para una marca de perfume baja bastante por debajo. Una cuña de radio que apila una oferta, una fecha y una llamada a la acción sube muy por encima. Dos locutores con el mismo texto no darán la misma duración: el ritmo forma parte de la interpretación.
La única medida fiable es también la más sencilla. Lea el guion en voz alta, cronómetro en mano, al tempo del tono buscado y no al suyo. Repítalo dos veces. Si las lecturas no caen en el mismo segundo, el texto todavía no está calibrado.
Hay dos partidas de duración que se olvidan casi siempre. Las menciones obligatorias, primero: en varios sectores su redacción está fijada y no se acorta (la autorregulación publicitaria española, a través de Autocontrol, da el marco). Se reservan antes de escribir el cuerpo del mensaje, no después. Los silencios, después: una parada antes del remate, una respiración tras el nombre de marca, un blanco antes del cierre musical. Son ellos los que hacen que un mensaje se oiga, y ocupan sitio.
«No se puede decir todo en veinte segundos.» En efecto. Ese es el interés del formato: le obliga a elegir lo que se queda. Pasar de treinta a veinte segundos no es un recorte, es una reescritura. Un anuncio que intenta contener el guion del formato superior se nota enseguida: el locutor acelera, las intenciones se aplastan y el oyente se queda con un atropello.
Lo que se lee bien y se oye mal
El ojo relee, el oído no. Quien lee un documento vuelve atrás cuando quiere; quien oye un anuncio tiene una sola pasada, muchas veces conduciendo. Toda la diferencia de escritura está ahí.
Cinco familias de problemas se repiten en casi todos los guiones que llegan a cabina.
Las subordinadas apiladas. Una frase con dos relativas y un inciso se entiende al leerla y se pierde al oírla. En voz alta, una idea por frase, y el verbo lo antes posible.
Las siglas. Una sigla desconocida se oye como una sucesión de letras sin sentido, y el oyente se descuelga durante los dos segundos que tarda en descifrarla. O la deletrea con una intención, o escribe lo que designa.
Las cifras complejas. «23,7 %», «del 14 al 28 de febrero», «1 847 referencias»: lo que se capta de un vistazo se dice despacio y se olvida al instante. Redondee, o reformule en orden de magnitud.
Las aliteraciones involuntarias. «Nuestra nueva oferta ofrece» no chirría a nadie por escrito. Ante el micrófono, la repetición de sonidos se oye, hace trabarse y llama la atención sobre la mecánica del texto. Relea escuchando las consonantes, no las palabras.
Los encuentros de vocales. «Va a alcanzar», «la aula», «de este estudio»: las vocales iguales que chocan obligan al locutor a frenar o a partir la frase. Mover una palabra resuelve el problema.
Añada las ambigüedades sonoras, que solo existen en voz alta: «vaya», «valla» y «baya»; «haya» y «halla»; «tubo» y «tuvo»; y en buena parte del ámbito hispanohablante «ciento» y «siento», o «casa» y «caza». Por escrito no hay ninguna duda. En un anuncio, el oyente decide solo, y a veces mal.
Un ejemplo de guion publicitario reformulado, antes y después
Tomemos una frase genérica, del tipo de las que aparecen en un primer borrador para una marca de café.
Antes, escrito para el ojo:
Gracias a su proceso de tueste lento, que preserva los aromas naturales de los granos seleccionados en las mejores plantaciones, nuestro café le ofrece una experiencia de sabor incomparable desde la primera taza.
Después, escrito para el oído:
Un tueste lento. Granos elegidos uno a uno. Y desde la primera taza, todo el aroma está ahí.
El mensaje no se ha movido. Su forma respiratoria, sí. La subordinada de más de veinte palabras queda partida en tres proposiciones cortas, cada una sostenible en un aliento. «Experiencia de sabor incomparable» ha desaparecido: esas palabras pasan por escrito y se rompen en voz alta. El superlativo sobre las plantaciones ha caído porque no prueba nada y cuesta un segundo. Quedan quince palabras menos, varios segundos devueltos al silencio y tres puntos de apoyo que el locutor puede interpretar.
Repita el ejercicio con su guion: coja la frase más larga, dígala en voz alta y corte donde recupere el aliento.
Desde el estudio
Quince años de cabina y unos tres mil proyectos después, hay una constante: la primera toma suele ser la mejor. Tiene frescura, todavía no está sobrecontrolada, y en el montaje se vuelve a ella más a menudo de lo que uno imagina. Cuando un locutor encadena toma tras toma sobre la misma frase, el problema rara vez está en su voz: está en un texto que nadie dijo en voz alta antes de enviarlo, o en un briefing donde la intención nunca se escribió.
La estructura que aguanta en treinta segundos
La mayoría de los anuncios se apoyan en el mismo esqueleto en tres tiempos. Funciona porque sigue siendo legible cuando no hay tiempo.
La apertura. Los primeros segundos deciden si lo que sigue se escucha o se soporta. Una pregunta, una situación reconocible, una frase que desplaza el lugar común. Lo que falla casi siempre: abrir con el nombre de la marca, o con una generalidad ya oída en todas partes.
El desarrollo. Un problema que el oyente reconoce, una respuesta dirigida a él, un solo beneficio. El formato corto no perdona la acumulación.
El remate y la llamada a la acción. Se escribe al final cuando debería escribirse al principio: su redacción suele venir impuesta (nombre de marca, dirección web, fecha de fin de oferta, mención obligatoria). Cuéntela primero y escriba el resto con lo que le quede.
El caso de la cuña de radio y los formatos de audio
Escribir una cuña publicitaria añade una restricción: ninguna imagen vendrá a rescatar una frase difusa. Lo que el oyente ve es su texto quien tiene que hacérselo ver, con palabras concretas, sonidos y silencios. Un guion de cuña de radio se juzga, por tanto, por lo que dispara en la cabeza de alguien que tiene las manos ocupadas.
Dos consecuencias prácticas. Escriba las intenciones sonoras dentro del propio guion, en su sitio exacto: ambiente, efecto, cambio musical, momento en que la voz vuelve. Y mantenga el nombre de la marca lejos de los pasajes densos: un nombre pronunciado en un atasco sonoro no se memoriza.
En televisión domina el error inverso: el texto describe lo que la imagen ya muestra. Una voz en off que repite lo que el espectador ve ocupa segundos para nada. Sirve para decir lo que la imagen no puede mostrar.
Lo que un locutor espera de su guion
Primero una cuestión de vocabulario, porque la confusión hace perder tiempo en el briefing. En publicidad, el oficio que le concierne es el de locutor. El doblaje es un oficio vecino y distinto: hacer coincidir una voz con los labios y la interpretación de un actor ya filmado o de un personaje animado, con sus propias exigencias de sincronía. Un anuncio pertenece a la locución: sostener un mensaje y una intención, sin una interpretación previa a la que ajustarse.
Un locutor no se limita a leer su texto, lo interpreta: decide dónde respirar, dónde apoyar, dónde dejar caer. Cuanta más información le dé el guion, menos tendrá que adivinar. Cuatro elementos cambian de verdad el desarrollo de una sesión.
La intención, escrita. No «tono dinámico», que no quiere decir nada. Escriba lo que la voz está haciendo: tranquiliza, confía algo, constata, se divierte con una evidencia. Tres adjetivos precisos al principio del guion valen una hora de repeticiones.
El contexto de difusión. Radio nacional, radio local, televisión, preroll, pódcast, megafonía en tienda: el canal cambia el nivel de energía, la colocación de la voz y el tratamiento final. Precise también qué acompañará al texto, música o ambiente, y en qué momento.
Lo que no hay que hacer bajo ningún concepto. La consigna más útil y la más rara. «Nada de tono comercial», «no sonreír en la última frase», «sobre todo, nada de voz de tráiler»: una prohibición clara descarta de golpe las propuestas que le habrían costado media sesión.
La pronunciación de los nombres propios y de las marcas. Nombre de la marca, nombre del producto, lugares, palabras extranjeras, siglas. Anote la pronunciación esperada en fonética sencilla, junto a la palabra, dentro del propio guion y no en un correo aparte. Un nombre mal pronunciado se arregla en el montaje si existe la toma buena. Si no, hay que reprogramar una sesión.
Estas mismas preguntas gobiernan el casting: qué color de voz, qué edad percibida, qué nivel de energía para ese canal. Los detallamos en nuestra página dedicada a la locución publicitaria. En una campaña multilingüe, el calibrado se rehace idioma por idioma, porque un texto traducido casi nunca mide lo mismo que el original: esa coordinación es trabajo de una agencia de locutores.
Los errores que hacen desbordar una sesión
La sobrecarga de información. Tres beneficios, dos ofertas y una fecha: el oyente no retendrá ninguno. Un anuncio lleva un mensaje, el resto pertenece a la página de destino.
La llamada a la acción difusa. «Visite nuestra web» no dice ni qué hacer ni cuándo hacerlo. Nombre la acción, el lugar y el plazo.
La marca ahogada. Un anuncio que todo el mundo recuerda sin saber de quién es ha fallado su objetivo.
El texto nunca dicho en voz alta. Es el error que contiene a todos los demás, y el único que se corrige en un cuarto de hora.
Antes de enviar su guion
Un guion publicitario no se valida en un documento compartido. Se valida de pie, en voz alta, cronómetro en mano, con la intención anotada al margen y la pronunciación de los nombres propios escrita negro sobre blanco. Ese cuarto de hora separa una sesión que cabe en su franja de una sesión que se desborda.
Si tiene un guion en marcha y un formato que respetar, hablémoslo antes de la cabina: miramos el texto, el canal y el plazo, y le decimos qué pasa el micrófono y qué hay que reescribir. El encuadre de un proyecto empieza por una solicitud de presupuesto.
Su guion merece oírse
Un texto bien escrito todavía puede fallar su objetivo en voz alta. Envíenos el suyo: le diremos cómo suena y con qué voz conviene sostenerlo.
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